Luces y sombras: la complejidad de la labor educativa

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(Por la Comisión de Centros Abiertos de la FEDAIA). Nuestra profesión no es sencilla. Muy posiblemente sea más difícil que la de un arquitecto que diseña los planos de una casa o la de un matemático que resuelve ecuaciones de una elevada exigencia intelectual. Un educador o una educadora no actúa ni construye un objeto inexpresivo y sin vida; un educador o una educadora tiene el difícil encargo de generar escenarios que fomenten la mejora y el constante bienestar de un ser que se mueve, se aísla, quiere, ríe, llora, grita… Ahora bien, no hemos de creer en dogmas y aferrarnos al hecho de que nuestra intervención sera siempre con éxito y eficaz. Si queremos que nuestra intervención sea realmente transformadora, hemos de implicar y tener en cuenta la red de apoyo de aquellas personas con las que construimos recuerdos e historias comunes aunque no siempre estén predispuestas a hacerlo. Tenemos un gran poder entre nuestras manos, un poder que nos hacer ser agentes responsables. Nuestra acción es más significativa si compartimos y construimos conjuntamente.

Nuestras decisiones pueden marcar rumbos y destinos diferenciados, por eso en nuestra profesión se hace esencial ser objetivos y rigurosos pero también ser cálidos y cercanos. Así pues, deberíamos tender a buscar un equilibrio atómico donde la distancia entre las partículas fuese suficientemente estable para mantener el sistema y la relación en un estado de constante armonía. Poder modular este conjunto de factores no es fácil porque nosotros trabajamos con las personas y cada una de ellas es un pasado, un presente y un futuro diferente de los otros. En consecuencia, no hay una respuesta universal sobre la manera en la que se ha de establecer y construir un vínculo porque pueden haber situaciones donde rápidamente estableces una conexión u otras donde incluso los silencios son necesarios.

Somos profesionales con intenciones positivas, pero en ningún caso nos hemos de creer los salvadores de nadie porque nosotros no podemos vivir sus vidas, no podemos ser ellos y ellas. En todo caso, podemos ayudarlos y acompañarlos cuando más lo necesiten, cuando transiten a través de la incertidumbre, durante los momentos de vulnerabilidad y riesgo, y también durante los momentos de alegrías y glorias. Nosotros somos impulsores de vidas, dinamizadores de autonomía y facilitadores de libertad.

Por último, convendría recordar que todo lo que al final queda de una vida es lo que se ha conseguido dar de uno mismo a los otros, lo que se guarda en su memoria. Y tal vez es eso lo que significa educar: estar presente, saber mirar y reconocer a los otros y ofrecerles la mejor versión de uno mismo/a. A pesar de todo, cuando creas que lo has entendido todo de esta magnífica profesión no habrás hecho más que comenzar nuevamente, ser educador o educadora es nacer constantemente.